Asomó su carita de ángel de pronto por la ventanilla del quiosco, como un relámpago. ¡¡Ummmm pitatol!!, soltó de manera explosiva, resoplando, como si la expresión la hubiese estado meditando y reteniendo en la boca.
Quedamos sorprendidos y paralizados ante aquella irrupción tan impetuosa. Estaba conmigo aquel día Santiago Cuesta, el de la calle Alhoril; era frecuente que los amigos me acompañaran en los largos ratos que pasaba sustituyendo a mi padre en el quiosco: Gerardo Santaella, Miguel “Charrines”, etc. Corrían los años sesenta. Por aquellos años, los jóvenes ayudaban sin rechistar a los padres en sus trabajos.
Aquella anécdota quedó impresionada para siempre en nuestra memoria, tanto es así que cuando Santi y yo nos vemos a la larga solemos saludarnos con ¡un pitatol!.
Se había subido al macetero situado al fondo del frontal del quiosco para poder acceder a la ventanilla del mostrador. Así lo hacían todos los niños, y la huella de sus pies quedó impresa con el tiempo como desgaste y rebaje en los ladrillos vistos rojizos de aquel macetero, al que, por otra parte, nunca permitieron que creciera planta alguna. Parece como si el arquitecto redactor del proyecto hubiese tenido en cuenta aquel detalle, que permitiera a los pequeños montefrieños disfrutar deleitándose del paisaje de golosinas de colores por doquier y vistosos juguetillos colgados en alambres, que mi padre colocaba intencionadamente para atraer su atención y hacerlos más apetecibles.
¡¡Un pitatol!!, repitió tintineando con la peseta en el mostrador de granito mostrando su bulla, su impaciencia, al tiempo que miraba de un lado a otro sin fijar la vista, asombrado de todo lo que veían sus ojitos desencajados, abiertos como platos. Aquella carita despierta, de mofletes rosados con algún que otro churrete (señal inequívoca de haberse recién comido un canto con azúcar), irradiaba una satisfacción e ilusión desbordantes. No había duda de que salía vencedor de la larga batalla que había librado con su madre y corría a cobrar su recompensa.
Por aquellos tiempos los niños se conformaban con poco, sobre todo los de familias pobres, pero cuando conseguían lo que querían lo disfrutaban como si hubiesen conseguido el mejor regalo que ofreciera el mercado. El día que mama compraba a los vendedores ambulantes un polo de hielo de naranja, limón o fresa, un refresco de canela, una torta de cuña, etc. era un día señalado que había que celebrar como de fiesta. ¡Qué felicidad!, y con qué poco podía obtenerse, pero menores eran las posibilidades de las familias. En los años 40 y 50, el pan blanco, la carne y los zapatos de cuero eran un artículo de lujo, y en los 60, la mitad del gasto familiar se empleaba en comer.
Los niños sabían lo que querían, marcaban su objetivo y trabajaban tenazmente hasta conseguirlo. Se afanaban con ahínco, pero también con prudencia, pues bastaba un “a callar he dicho” de papa para que se cerrara la boca. Y lo que conseguían lo disfrutaban hasta las últimas, no se cansaban de ello ni lo dejaban abandonado en cualquier lugar, porque eran conscientes de lo que había costado conseguirlo.
Un pitagol era una especie de chupachúps de caramelo en forma de tubo, que servía también de silbato si se le soplaba por la punta. Estuvo de moda durante un tiempo y tuvo una buena acogida por los niños.
Era un “Paletillo”, tendría unos cuatro o cinco años, moreno y desaliñado; venía del barrio de La Solana en camisetilla de tirantes y calzón corto, con viejas y rozadas sandalias de material.
Durante el instante de mi perplejidad recordé que había vendido hacía un rato el último pita-gol que quedaba en la bolsa de plástico, por eso quedé pensativo sin reaccionar.
¡¡Dame un pitatol!!, volvió a insistir acosándome con mucha premura, sin poder estarse quieto, dando saltitos en el escalón al compás del tintineo con la peseta.
¿Cómo decirle que no quedaba ningún pitagol? ¿Quién es capaz de frustrar una ilusión tan simple y de tanta fuerza?. No tenía pitagol ni en el quiosco ni en el almacén, rara casualidad, pues mi padre era muy precavido y siempre tenía de todo, y tampoco había otro sitio donde poder comprarlo, porque de ser así hubiese salido yo corriendo a traérselo para disfrutar de la cara que pondría al tenerlo entre sus manos, para verlo culminar su victoria.
Cuando se trabaja con empeño y determinación en conseguirse algo, debería de obtenerse siempre el fruto del esfuerzo, pero desgraciadamente no siempre es así. Muchas veces, incluso, otros consiguen el premio sin esfuerzo alguno. Y no hay más remedio que aguantarse, si bien no aceptarlo, sí quejarse y protestarlo, pero también saber resignarse, frustrarse, porque en ello radica la adaptación, la integración en esta sociedad. Dicen que así se consiguen la experiencia y madurez, y aquel niño, tan pequeñito, tan sano e inocente, empezaba a ser víctima por mi culpa de esa ley de vida.
No sé cómo le dije que no tenía pitagol, pero sí sé que quedó paralizado, dejó de tintinear y le cambió la cara al tiempo que me miraba fijamente, no dando crédito a mis palabras, albergando un atisbo de esperanza. Se bajó lentamente del tranco, y con la cabeza gacha y los hombros caídos se alejó lentamente desapareciendo por la esquina de la Plaza, hundido en la derrota. Sufrió una de sus primeras desagradables experiencias de la a veces compleja vida que le esperaba, esa vida llena de muchas alegrías y felicidad, pero también de desengaños y tristezas como ésta.
Cada vez que lo recuerdo, después de tantos años de aquello, me corroe las entrañas. Por eso he decidido contarlo, como terapia de desahogo y alivio de la represión y frustración en mí todavía contraídas.
Santi, amigo, ¡¡un Pitatol!!
Chove, Granada mayo de 2013